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© Eduardo Glz. Desarrollado por Fraktalweb.

No eres tú, soy yo (que no te quiere cerca)

Business, Historias de proyectos, Reflexiones Feb 22, 2026

Cuando tienes que dejar ir a ciertos clientes

En alguna ocasión tuvimos un cliente que solicitó un sitio web para su negocio. Giro: alimentos tipo cafetería. Modelo: islas en plazas comerciales. Todo normal… al inicio.

La entrevista del brief —que antes de pandemia hacíamos presencial— me dejó una sensación rara. La forma en que trataba a sus empleados era agresiva, con una autoridad innecesaria, casi teatral. Pensé: seguro tuvo un mal día. Error número uno: ignorar las primeras señales.

Arrancamos el proyecto.

Quería una página dinámica. “Lo mejor de lo mejor”. Su plan era convertir su marca en franquicia nacional. Según él, abriría dos sucursales al mes. El crecimiento era “imparable”. Sonaba ambicioso.

Presentamos wireframe. Le gustó, con ajustes menores.
Pasamos a diseño. Entregamos preview.

Ahí empezó la novela.

Más movimiento.
Más animaciones.
Más efectos.
Más “hazlo ver premium”.

El problema no era pedir mejoras. El problema era que cada revisión era prácticamente rehacer el sitio completo.

Después de tres modificaciones casi totales, estábamos girando en círculos.

Él también se decía experto en programación. Siempre con ese aire de grandeza. Dominaba todo “a la perfección”. Solo nos contrataba porque “no tenía tiempo”, ya que era un empresario súper ocupado.

(Spoiler: jamás supimos de él en el ecosistema local).

Para tratar de cerrar el proyecto dignamente, hicimos algo que hoy no haría: sobrecumplir sin límites. Incluso contratamos a una diseñadora especializada en marcas AAA para elevar aún más la propuesta visual.

Aún así… “medio le agradó”.

Como extra, pidió un shooting de producto.
En ese entonces aceptábamos todo. Literal, hacíamos de todo. Jajaja.

Para hacer las fotos solicitamos que prepararan los productos. Tuve que ir tres veces. O no estaba él, o no estaban completos los insumos. Pero en vez de pedir disculpas, lo hacía ver como si la culpa fuera nuestra.

Las fotos salieron bastante decentes para ser algo improvisado.

Finalmente el sitio quedó terminado conforme a requerimientos acordados.

Y justo ahí… empezaron nuevas solicitudes.

Más cambios. Más ajustes. Más “detallitos”.

Fue la primera vez que dije un NO firme.

Le expliqué que esas modificaciones ya no estaban dentro del alcance original. Que implicaban costo adicional.

Eso detonó su furia.

Nos dijo que éramos pésimos proveedores.
Que no sabíamos quién era él.
Que tenía contactos importantes.
Que ese proyecto nos iba a posicionar a nivel nacional.
Que él era un empresario súper reconocido en Morelia.

Yo solo pensaba: ¿reconocido por quién?

En ese momento sentí que ya no quería pagar el finiquito.

Entonces le dije algo que recuerdo perfectamente:

“Mira, si ya no tienes para cubrir el finiquito, con gusto te dejamos el sitio. Pero no menosprecies el trabajo que realizamos. Tres modificaciones completas hacen que este proyecto ya valga tres veces lo que costaba originalmente. No estamos dispuestos a aceptar críticas, y menos de la manera en que te comportas. Si no puedes pagar, te lo regalo. Pero respeta el trabajo de cada quien.”

Eso le pegó directo al ego.

Se enojó más.

No recuerdo exactamente qué respondió… pero pagó.

Lo que aprendí

Hay clientes que no quieren resultados.
Quieren validación.

Hay clientes que no compran un servicio.
Compran poder sobre quien lo ejecuta.

Y hay momentos donde la mejor decisión de negocio no es cerrar una venta… sino cerrar la puerta.

Con el tiempo entendí algo importante:
No todos los clientes son para ti.
Y tú tampoco eres para todos.

Decir “no eres tú, soy yo” a veces significa:
“No quiero este tipo de relación profesional cerca.”

Y eso también es crecer.

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