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© Eduardo Glz. Desarrollado por Fraktalweb.

Illinois más allá de Chicago: dos semanas entre ciudad, naturaleza y pueblos tranquilos

Travel Ago 13, 2026

Durante dos semanas estuvimos viajando en familia por Illinois. Era mi primera vez en Chicago y llegamos, como buenos turistas, con una lista de aproximadamente diez cosas que “teníamos que hacer” en la ciudad.

Y sí, hicimos varias.

Pero después de recorrer Chicago, pasar unos días en un pequeño pueblo llamado DePue y terminar en la zona de Moline y las Quad Cities, creo que lo que más recuerdo del viaje no necesariamente coincide con esa lista.

A veces viajar funciona así: llegas buscando monumentos y terminas recordando una pizza, una cerveza que casi te noquea, un paseo barato en barco o la tranquilidad extraña de un pueblo donde parece que no pasa nada, pero tienes internet más rápido que en muchos lugares mucho más grandes.

Chicago desde el piso 103

Una de nuestras primeras paradas obligatorias era el Skydeck de la Willis Tower.

Aunque ahí aprendí rápidamente un pequeño detalle cultural: durante décadas fue la Sears Tower y todavía muchísimos locales continúan llamándola así. El edificio cambió oficialmente de nombre en 2009, pero “Sears Tower” sobrevivió perfectamente en el vocabulario de la ciudad.

Es casi una prueba rápida para distinguir quién lleva mucho tiempo en Chicago y quién acaba de llegar.

Subimos hasta el piso 103, donde está The Ledge: esas cajas completamente de vidrio que sobresalen del edificio a más de 400 metros sobre las calles.

La vista es impresionante.

Chicago desde arriba ayuda a entender algo que a nivel de calle cuesta dimensionar: el tamaño de la ciudad, la brutal presencia del lago Michigan y la cantidad de arquitectura que se extiende prácticamente hasta donde alcanza la vista.

Puede ser una atracción extremadamente turística, sí.

Pero también es una de esas veces en las que dices: bueno, esta sí vale completamente la pena.

La fotografía obligatoria en The Bean

Después viene probablemente una de las fotografías más repetidas de Chicago: The Bean.

Aunque ese no es realmente su nombre.

La escultura se llama Cloud Gate, fue creada por el artista Anish Kapoor y su superficie de acero inoxidable pulido está inspirada en el mercurio líquido. Refleja el cielo, los edificios y a todas las personas que caminan alrededor.

Chicago literalmente se dobla sobre su superficie.

Me gusta pensar que termina funcionando como una especie de espejo de la ciudad: no observas solamente la escultura, observas Chicago reflejado y deformado dentro de ella.

El apodo “The Bean” apareció incluso antes de que la obra estuviera terminada por su evidente forma de frijol y, como suele pasar con estas cosas, el nombre popular terminó ganándole al artístico.

Así que ahí estábamos nosotros también haciendo la fotografía que prácticamente todos hacemos.

Hay que aceptar que ser turista también tiene sus rituales.

La gran mentira —a medias— de la pizza de Chicago

Yo soy muy fan de la pizza.

Desde hacía mucho tiempo quería probar una auténtica deep dish de Chicago, esa pizza gigantesca, profunda, pesada y prácticamente convertida en una especie de pastel de queso, salsa y masa que aparece en casi cualquier programa de viajes cuando hablan de la ciudad.

Entonces empezamos a preguntarles a personas que realmente viven ahí.

Y varias nos dijeron básicamente lo mismo:

“Sí, la deep dish es de Chicago… pero nosotros normalmente comemos otra cosa”.

Ahí descubrí la tavern-style pizza, una pizza de masa delgada, crujiente y normalmente cortada en pequeños cuadros en lugar de las tradicionales rebanadas triangulares.

Y debo decirlo: entre las dos, me quedo con esa.

La deep dish está rica y definitivamente vale la pena probarla, pero la delgada me pareció mucho más fácil de comer y, sobre todo, más cercana a algo que realmente podrías querer repetir constantemente.

Terminamos probándolas en Pizano’s, un lugar bastante conocido entre los locales y con una fuerte conexión con la historia de la pizza de Chicago.

Y ahí apareció una de las primeras lecciones del viaje: muchas veces la versión más famosa de una ciudad no necesariamente es la versión que viven sus habitantes.

El hot dog de Chicago… bueno

También teníamos que probar el famoso Chicago-style hot dog.

Lo hicimos.

Está bueno.

Pero aquí sí voy a arriesgarme a provocar un conflicto diplomático menor: creo que hacemos mejores hot dogs en México.

Sin ofender.

O bueno… con poquito.

Me quedo definitivamente con la pizza.

El hack del paseo arquitectónico

Otra de las experiencias muy conocidas de Chicago son los recorridos arquitectónicos en barco por el río.

La ciudad tiene una arquitectura extraordinaria y estos tours son famosos justamente porque van explicando la historia de los edificios mientras navegas entre ellos.

Pero aquí apareció una de las ventajas de viajar acompañado por personas que viven ahí.

Nos dieron un hack.

Existe también el Chicago Water Taxi, que permite recorrer una buena parte del centro sobre el río por una fracción de lo que cuesta un tour arquitectónico.

Cuando comparamos precios, nuestra opción costaba alrededor de 70% menos.

Obviamente existe una diferencia importante: no tienes a un guía explicándote qué estás viendo.

Pero vivimos en una época bastante particular.

Puedes tomar una fotografía de un edificio, preguntarle al teléfono qué es y en segundos conocer su nombre, cuándo se construyó, quién lo diseñó y por qué importa.

¿Es exactamente la misma experiencia que tener a un guía especializado?

No.

Pero por la diferencia de precio, para nosotros funcionó perfectamente.

Y también me hizo pensar en cómo la tecnología está modificando incluso algo tan tradicional como hacer turismo. Antes necesitabas un guía, un mapa o un libro. Ahora puedes convertir prácticamente cualquier recorrido en una visita guiada improvisada.

La cerveza que casi termina el recorrido

Después de caminar cerca de dos horas llegamos al Chicago Athletic Association Hotel y subimos hasta Cindy’s Rooftop, en el piso 13.

Tiene una terraza espectacular con vistas hacia Millennium Park, Cloud Gate, el Art Institute y el lago Michigan.

Yo llegué destruido.

Durante buena parte del recorrido me había tocado cargar en brazos a mi niña de tres años, así que cuando llegamos al bar hice lo que cualquier adulto responsable habría hecho en esas circunstancias:

Pedí una cerveza sin siquiera revisar cuál era.

Me la tomé.

Y por poco me quedo dormido ahí mismo.

Hasta hoy no sé exactamente cuánto fue la cerveza y cuánto fueron las casi dos horas caminando mientras cargaba una niña, pero durante unos minutos sentí que el viaje podía terminar perfectamente en una silla de Cindy’s.

Después se me pasó.

Y de ahí nos fuimos por pizza.

Prioridades.

Desayunar dentro de una película americana

Nuestro primer desayuno en Chicago fue en Lou Mitchell’s.

El lugar funciona desde 1923 y se encuentra cerca del histórico comienzo de la Route 66 en Chicago. Cuando la famosa carretera fue establecida oficialmente en 1926, Lou Mitchell’s ya estaba ahí sirviendo desayunos.

Nos tocó sentarnos en la barra.

Y esa experiencia me encantó.

Es esa escena clásica de diner americano que has visto cientos de veces en películas: café, huevos, gente entrando y saliendo, platos pasando frente a ti y una barra donde diferentes desconocidos terminan desayunando prácticamente juntos.

El restaurante además mantiene varias pequeñas tradiciones. Desde hace décadas se hizo conocido por recibir a los clientes con detalles como donut holes.

La comida estaba rica, pero creo que lo que realmente disfruté fue sentir que estaba participando durante un rato en una de esas imágenes de Estados Unidos que conoces desde antes de haber estado ahí.

Después de Chicago: bajar completamente las revoluciones

Después de tres días recorriendo Chicago nos movimos hacia DePue, un pequeño pueblo de Illinois.

El cambio es enorme.

Pasas de los rascacielos, el tráfico, los turistas y el ruido constante de Chicago a un lugar donde parece que todo sucede considerablemente más lento.

DePue está junto al lago del mismo nombre y tiene una historia muy ligada a la actividad industrial y fluvial de la zona. El lago también es conocido regionalmente por sus tradicionales carreras de lanchas.

Nosotros estuvimos ahí tres días utilizándolo principalmente como base para conocer lugares cercanos.

Y lo que más me sorprendió no fue necesariamente una atracción turística.

Fue su infraestructura.

Es un lugar realmente tranquilo, donde puedes descansar muy bien, pero eso no significa estar desconectado. Hay carreteras amplias que rápidamente te comunican con otras ciudades, acceso a todos los servicios básicos y conexiones de internet de alta velocidad.

Existe una idea casi automática de que vivir lejos de una gran ciudad significa estar aislado o renunciar a ciertas comodidades.

Al menos ahí no lo sentí así.

Puedes estar en un lugar donde prácticamente no escuchas nada durante la noche y seguir conectado al resto del mundo sin mayor problema.

Starved Rock: apenas vimos una parte

Desde DePue visitamos Starved Rock State Park, uno de los parques naturales más conocidos de Illinois.

Tiene kilómetros de senderos entre bosques, formaciones rocosas, cañones y cascadas.

Nosotros solamente recorrimos una parte.

Es grande.

Muy grande.

Y viajar con niños modifica considerablemente la definición de “vamos a caminar un rato”.

Lo que para un adulto puede ser un recorrido sencillo, cuando tienes niños, mochilas, agua y eventualmente alguien diciendo que ya no quiere caminar, se convierte en una expedición logística.

Aun así, fue uno de los lugares naturales que más disfrutamos.

También pasamos por campos de girasoles, bastante comunes por la zona durante el verano y que inevitablemente te obligan a detenerte aunque sea unos minutos.

Moline y las ciudades que en realidad son más de cuatro

Después nos movimos hacia Moline, donde estuvimos otros tres días.

Moline tiene poco más de 40 mil habitantes y está profundamente ligada a la historia de John Deere.

John Deere trasladó su operación a Moline en 1848 porque el río Mississippi le ofrecía dos cosas fundamentales para una empresa industrial de aquella época: transporte y acceso a una región agrícola en pleno crecimiento.

Hoy la ciudad continúa teniendo una relación muy fuerte con Deere & Company.

Pero Moline también forma parte de una región bastante curiosa llamada Quad Cities.

El nombre engaña un poco.

Históricamente hacía referencia a cuatro ciudades importantes, pero actualmente el núcleo regional incluye a Davenport y Bettendorf en Iowa, junto con Moline, East Moline y Rock Island en Illinois.

Sí.

Las Quad Cities tienen cinco ciudades principales.

Simplemente nadie quiso actualizar el nombre.

La región además tiene otra característica divertida: durante el día cruzas constantemente entre Illinois e Iowa sin sentir realmente que estás haciendo un viaje entre estados.

El Mississippi funciona menos como frontera y más como columna vertebral de toda la zona.

Navegar por el Mississippi

Una de las experiencias que más disfrutamos ahí fue el Channel Cat Water Taxi.

Son pequeñas embarcaciones que conectan distintos puntos de las Quad Cities a través del Mississippi y permiten subir y bajar durante el día.

Hay un dato bastante curioso: en esa zona el Mississippi corre de este a oeste durante una parte de su recorrido, algo poco habitual dentro de un río que generalmente asociamos con un flujo norte-sur.

Navegarlo también tiene algo especial simplemente por el peso cultural del nombre.

Es el Mississippi.

El río de Mark Twain, Tom Sawyer y Huckleberry Finn.

Un nombre que escuchas desde niño sin imaginar necesariamente que algún día vas a estar cruzándolo tranquilamente en un taxi acuático con la familia.

John Deere es básicamente parte de la identidad de Moline

También visitamos el John Deere Pavilion.

Y aunque no seas precisamente un apasionado de los tractores, está bastante interesante.

La entrada es gratuita y tienen maquinaria enorme, exhibiciones interactivas y espacios donde puedes subirte a algunas de las cabinas y entender la escala real de estos equipos.

El lugar ayuda a comprender que John Deere no es solamente una marca de tractores que encuentras en una tienda.

Su historia está profundamente ligada al crecimiento industrial de Moline.

John Deere creó en 1837 su famoso arado de acero para resolver un problema bastante específico: la tierra húmeda y pegajosa del Medio Oeste se adhería constantemente a los arados de hierro utilizados en aquella época.

Años después trasladó su operación a Moline y terminó construyendo ahí el centro de una compañía que hoy opera prácticamente en todo el mundo.

Cuando estás en la ciudad entiendes rápidamente que el venado verde no es solamente un logotipo.

Es parte de su identidad.

El museo que tuvimos que observar desde lejos

Queríamos visitar también el Rock Island Arsenal Museum, pero ahí nos encontramos con algo muy diferente.

El Arsenal sigue siendo una instalación militar activa del Ejército de Estados Unidos.

No es simplemente un museo colocado dentro de una antigua base.

El acceso está controlado y existen requisitos de identificación para ingresar. Nuestro grupo no podía cumplir fácilmente las condiciones para que todos entráramos, así que decidimos verlo desde fuera.

El Arsenal ocupa una isla sobre el Mississippi y funciona desde el siglo XIX. Sigue siendo además una instalación militar activa y uno de los grandes centros de empleo de la región.

Así que entendimos rápidamente que ahí el “solo queremos entrar al museo” no funciona exactamente igual que en cualquier otro lugar.

Comer, conocer y tratar de no comprar todo

Como en cualquier viaje por Estados Unidos, también recorrimos tiendas.

Es casi inevitable.

Outlets, centros comerciales, tiendas que no tenemos tan cerca en México y esa sensación constante de:

“¡Mira cuánto cuesta esto!”

Aunque debo reconocer que esta vez me contuve bastante.

Tal vez sea la edad.

O internet.

Muchas veces agarraba algo, veía el precio y terminaba pensando:

“Esto seguramente lo encuentro en línea y no vale la pena cargarlo durante todo el viaje”.

Y lo regresaba.

Algo está cambiando cuando tu principal argumento contra una compra impulsiva ya no es “no lo necesito”, sino “seguramente me lo pueden mandar a mi casa”.

Aun así, hubo dos compras que sí me parecieron interesantes.

Volver a escribir a mano sin abandonar lo digital

La primera fue una libreta reutilizable que permite escribir normalmente y después digitalizar las notas.

Desde que utilizo cada vez más dispositivos digitales, escribo mucho menos a mano.

Y lo he empezado a notar.

Antes anotaba prácticamente todo.

Escribir obliga a bajar un poco la velocidad, ordenar ideas y pensar distinto a cuando simplemente tecleas algo.

Por eso me gustó esta mezcla.

Quiero recuperar el ejercicio de escribir físicamente sin perder la comodidad de tener toda esa información respaldada y organizada digitalmente.

Es una tecnología curiosa precisamente porque no intenta reemplazar completamente algo analógico.

Intenta conectarlo.

Unos lentes inteligentes mucho mejores de lo que esperaba

La segunda compra fueron unos lentes inteligentes que encontré a un precio ridículamente bajo.

Honestamente esperaba poco.

Y terminaron sorprendiéndome bastante.

La calidad de audio es mucho mejor de lo que esperaba, puedo activar Siri, hacer llamadas, crear notas por voz y utilizarlos como un dispositivo manos libres sin aislarme completamente del entorno.

El único problema es físico.

Las patillas me quedan un poco largas y las bocinas terminan algo más atrás de donde deberían respecto a mis oídos. Se siguen escuchando, pero cuando los recorro hacia adelante noto inmediatamente que el sonido mejora.

Voy a investigar si una óptica puede ajustar ligeramente la montura sin dañar la electrónica.

Por el precio, aun con ese detalle, terminaron siendo uno de esos gadgets que compras como curiosidad y luego dices:

“Bueno… esto funciona mucho mejor de lo que debería”.

Lo que realmente me dejó el viaje

Al final, estas dos semanas por Illinois me dejaron varias ideas.

La primera es que la versión turística de un lugar y la versión de quienes viven ahí no siempre son la misma.

Chicago te vende deep dish. Los locales te llevan por thin crust.

Te venden un tour caro. Un amigo te enseña el taxi acuático.

Una guía te dice qué edificio debes fotografiar. Alguien que vive ahí te cuenta por qué sigue llamándolo Sears Tower.

Y esa segunda capa normalmente termina siendo la más interesante.

La segunda es que la tecnología está cambiando muchísimo nuestra manera de viajar.

Puedes recorrer una ciudad sin guía y preguntar en tiempo real qué estás viendo. Traducir un menú. Comparar precios. Investigar la historia de un edificio. Navegar. Comprar entradas. Encontrar una ruta alternativa.

Eso no sustituye el conocimiento de un buen guía ni la conversación con alguien que vive ahí.

Pero sí convierte al turista en alguien mucho más independiente.

La tercera es que una ciudad pequeña no necesariamente significa una vida desconectada.

DePue fue probablemente el contraste más fuerte del viaje. Después de Chicago esperas sentir que te alejaste de todo y, sin embargo, tienes caminos, servicios, internet y acceso relativamente rápido a otras ciudades.

A veces confundimos movimiento con calidad de vida.

Y no necesariamente son lo mismo.

La cuarta es que viajar con niños cambia completamente el viaje.

Caminas más lento.

Te detienes más.

Cargas más cosas.

Eventualmente cargas también a algún niño.

Pero observas otras cosas.

Hay lugares que quizá solo visitarías durante veinte minutos y terminas disfrutando durante una hora porque alguien quiere ver algo que tú ya habías pasado por alto.

No necesariamente haces más.

Pero muchas veces recuerdas más.

Y la última reflexión quizá sea la más simple:

Cada vez me interesa menos regresar de un viaje cargado de cosas. Prefiero regresar cargado de historias.

La cerveza que casi me manda a dormir en un rooftop.

La discusión sobre cuál es realmente la pizza de Chicago.

El Mississippi pasando debajo del barco.

Una libreta que quizá consiga que vuelva a escribir más a mano.

Unos lentes baratos que resultaron sorprendentemente buenos.

Y esa extraña sensación de haber conocido en dos semanas varias versiones completamente distintas del mismo estado.

Chicago fue espectacular.

Pero Illinois terminó siendo bastante más que Chicago.

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