Entre el hartazgo legítimo y las manos invisibles
Uncategorized Nov 16, 2025
Hoy no voy a hablar de emprendimientos, ni de estrategia, ni de negocios.
Hoy voy a hablar de política.
Porque apartidista puedes ser, pero apolítico es imposible si vives en una sociedad y no estás completamente anestesiado. Si ves lo que pasa allá afuera y sientes, aunque sea tantito, que algo tiene que cambiar para bien, ya estás metido en la política te guste o no.
Desconfiar no es exagerar.
Lo que sí se siente cada vez más irreal es asumir que una marcha que llena plazas en todo el país se organiza y se amplifica “solita”, como si medios, partidos y grupos de poder fueran meros espectadores.
En México hemos llegado a un punto raro:
marchar por una causa justa no te garantiza que no te estén usando como ficha en un juego que no ves completo.
No pongo en duda el dolor.
Lo que pongo en duda es quién se beneficia cuando ese dolor se vuelve espectáculo, narrativa y consigna.
La tinta está pagada
Detrás de cada marcha masiva hay algo muy real: familias hartas, jóvenes con miedo, personas que han normalizado vivir con la muerte rondando su rutina diaria. Ese enojo es auténtico, necesario y muchas veces urgente.
Pero también hay otra capa:
la tinta no es inocente, los micrófonos tampoco.
La difusión masiva no es casualidad. Hay líneas editoriales marcadas, noticieros con agenda, “analistas” seleccionados, cámaras que deciden qué mostrar y qué recortar. Se construyen relatos, no solo se registran hechos.
Y detrás de eso, intereses:
políticos, económicos, personales, de poder.
Tomar cada nota “con una pizca de sal” no es paranoia; es casi protocolo básico en un país donde la corrupción se usa como herramienta y la narrativa como arma.
Dolor real, guion ajeno
Lo más incómodo de todo esto, al menos para mí, es esto:
Quienes marchan casi siempre llegan con algo muy concreto en el pecho:
miedo, enojo, duelo, frustración, sensación de abandono total del Estado.
Ellas y ellos no son el problema.
El problema son quienes miran esa energía y piensan:
“Aquí hay enojo listo para ser direccionado. Vamos a vestirlo con mi discurso.”
Así, marchar en México se vuelve muchas veces una acción de golpeteo envuelta en causa justa.
El dolor genuino se mezcla con las ganas de recuperar espacios perdidos, presupuestos, influencia, impunidad, relaciones de poder.
¿El resultado?
Personas con heridas verdaderas —y a veces nuevas heridas— convertidas en carne de cañón de batallas que no definieron. Mientras tanto, desde escritorios tranquilos se afilan consignas, se ensayan narrativas y se dispara “indignación” selectiva.
Eso no es compromiso social. Eso es cálculo.
No es “voz ciudadana”; es administración estratégica del enojo colectivo.
Un país perfecto para la manipulación
México, hoy, es terreno fértil para que esto ocurra:
- Un sistema político desgastado por décadas de arreglos bajo la mesa.
- Medios que dependen de publicidad, contratos y favores.
- Grupos económicos que rara vez pierden sin recuperar algo por otro lado.
- Y una ciudadanía cansada, desconfiada, pero que necesita sacar el coraje por algún lado.
En ese contexto, cualquier marcha grande se vuelve un objetivo.
No importa tanto cuál fue la chispa: violencia, feminicidios, corrupción, inseguridad, desapariciones.
Si la ola crece, alguien con poder va a intentar surfearla.
A veces es burdo: acarreados, camiones, discursos obvios.
Otras veces es sutil: encuadres mediáticos, influencers, hashtags, voceros que siempre apuntan la furia hacia el mismo lado y nunca hacia quienes los financian.
No hay inocentes totales ni villanos únicos
Desde mi perspectiva, reducir todo a “un solo culpable” es una forma más de simplificar una realidad que es mucho más sucia.
La violencia no arrancó con un sexenio específico ni se va a apagar con un cambio de color en la boleta.
Viene de años de políticas mal diseñadas, decisiones cobardes, pactos, omisiones y complicidades de distintos gobiernos y actores.
El gobierno actual tiene fallas graves:
- no ha logrado contener ni revertir de fondo la dinámica de violencia,
- ha manejado mal su propia narrativa,
- y muchas veces responde a la crítica descalificando en lugar de escuchar.
Pero los gobiernos anteriores también tuvieron su cuota de responsabilidad en el punto donde estamos.
Las estructuras que hoy nos ahogan no aparecieron de la nada.
Lo que busco decir no es “todos son iguales”, sino otra cosa:
no existe una fuerza política limpia en este escenario.
Hay trayectorias distintas, errores distintos, estilos distintos… pero el problema es estructural, no de un solo apellido ni de un solo logo.
Entre el autoengaño y la parálisis
Frente a eso, yo veo dos reacciones muy frecuentes:
- El autoengaño cómodo:
creer que toda marcha es la encarnación perfecta de “la voz del pueblo” y que ninguna fuerza intenta usarla. - La parálisis absoluta:
asumir que todo está comprado, que nada vale la pena, que toda protesta es un montaje y que lo único que queda es refugiarse en la indiferencia.
Yo no me acomodo en ninguna de las dos.
Desde donde escribo hoy, prefiero algo más incómodo:
Apoyar causas justas, pero con los ojos abiertos.
Reconocer el hartazgo como legítimo, sin tragar completa la narrativa que lo envuelve.
Señalar la manipulación venga de donde venga, sin usarla como pretexto para desentenderme de todo.
No tengo la verdad absoluta.
Solo estoy diciendo cómo lo alcanzo a ver yo, con la información, el contexto y las contradicciones que también cargo.
Mirar la marcha… y también el tablero
Cada vez que aparece una marcha nacional, me hago —más o menos— estas preguntas:
- ¿Quién convoca y quién amplifica?
No es igual una organización de víctimas que un grupo con padrinos políticos y acceso asegurado a cámaras y portadas. - ¿Qué se pide en voz alta y qué se está cobrando en voz baja?
Hay demandas que son claras y justas… y a veces, otras que se cuelan aprovechando la ola. - ¿Quién gana, más allá de quienes caminan?
No siempre la respuesta es obvia, pero buscarla ya es una forma de no regalarle tu enojo a cualquiera.
Al final del día, lo que más me preocupa no es que la gente salga a la calle.
Ojalá la indignación siguiera saliendo, porque la realidad lo amerita.
Lo que me parece verdaderamente oscuro es esto:
Que el dolor de personas reales se use como combustible silencioso para agendas que nunca se atreven a presentarse con su nombre y apellido.
En un país donde la corrupción se negocia, se mide y se factura, fingir que las marchas masivas ocurren fuera de ese sistema de intereses no solo es ingenuo: es renunciar a entender el tablero en el que también estamos puestos.
Y por lo menos, desde este lado de la pantalla, yo prefiero seguir dudando, observando y opinando, aunque eso incomode más de lo que tranquiliza.