Hay dos tipos de personas: las que aman las rutinas y las que afirman no necesitarlas… aunque no se acuerdan dónde dejaron las llaves la mitad del tiempo. Yo pertenezco al primer grupo, porque trabajar desde casa convierte a las rutinas en una especie de GPS emocional que te dice cuándo es hora de empezar, parar y, en ocasiones, tomar un respiro antes de colapsar.
Mi día arranca aproximadamente a las 6:10 a.m., no porque quiera, sino porque ser papá implica más compromiso que una suscripción de streaming. Mi esposa y yo nos dividimos las tareas matutinas para que nuestro hijo llegue a la escuela en condiciones humanas. Ella se encarga de su ropa, yo me ocupo del lunch (que a veces parece más un Tetris de snacks). El café es mi fiel compañero: si por alguna razón no lo tengo conmigo al salir de casa, el día ya empezó mal. Sí, sé que suena extremo, pero todos necesitamos un tótem para no perdernos en los laberintos de la vida.
A eso de las 7:10 a.m., salimos hacia la escuela. Mi café en mano, escucho podcasts de noticias, particularmente de negocios (porque los de crímenes no me inspiran mucho a trabajar). Al regresar, mi día toma forma. Mi setup no es en la oficina, sino en el comedor de la cocina, y no por falta de espacio, sino porque si me quedo con mi esposa en la oficina, la plática se convierte en un maratón. Lo admito: soy ese niño al que le ponían en el reporte “habla demasiado en clase”.
Ya con la computadora encendida, reviso mi lista de pendientes y elijo qué voy a trabajar. Este momento, antes de que los clientes empiecen a llamar, es mi favorito. Entro en lo que llaman Flow, esa zona en la que avanzas como un ninja digital, hasta que el primer correo o llamada rompe el encanto.
¿Desayuno? No por ahora. Estoy probando el ayuno intermitente. No porque quiera ser influencer de salud, sino porque estoy experimentando si me ayuda con mi energía y enfoque. Aunque, sinceramente, si no funciona, pronto me verás probando otra cosa. Me fascina ajustar mi rutina y ver qué es útil y qué no.
Para mí, lo esencial de una rutina es que delimite los inicios y finales de cada actividad. Así evito que los temas del hogar se mezclen con el trabajo y viceversa. También me permite medir cómo estoy usando mi tiempo y ajustar las piezas que no encajan. ¿Y tú? ¿Tienes una rutina que te funcione o sigues confiando en el caos? ¡Compártemela en los comentarios! Porque siempre podemos aprender unos de otros, y tal vez encuentres algo que se integre a mi siguiente experimento.
Y como diría mi café olvidado en casa: “Sin rutina, no soy nada.”